inaguro este rincón...
orillero...

de este lado ya había
mates llenos de risa,
mucho ruido,
y muchas nueces,
luces brillos jazz y tango,
montones de preguntas sin contestar,
un dolor silencioso e innombrable,
las palabras mas sensatas
en boca de quien prefirió decir dibujando,
y una vedette con preocupaciones geopolíticas...

traigo de allá,
un poco de carnaval en la mochila,
la nostalgia que pesqué en el río,
unos cuantos abrazos,
algo de magia que pasó de contrabando,
ladridos del tafa,
piedritas de lagos y mares en los zapatos,
el sonido de los tambores,
y un poco de maquillaje que me dejó un murguista al bajar del tablado

vamos a ver qué sale...
quien sabe...





Presagio

Debían llegar en cualquier momento. A Juliana las esperas breves siempre se le hacían más insoportables que las extensas. Cinco minutos aguardando un llamado eran, sin ninguna duda, mucho más largos que los ocho años que duró su carrera de arquitecta.

A las ocho habían dicho. Eran ocho y diez, así que la espera ya no tenía medida.

Desde que él se lo contó, había tenido un mal presentimiento. Había algo que la inquietaba en ese plan. “Son sólo dos días, llegamos el 31 y brindamos juntos” le había dicho Rodrigo dos semanas atrás.
Y Juliana aceptó. Aceptó sabiendo, a pesar de su intranquilidad, que cualquier argumento que opusiera iba a parecer un capricho.
¿Era que no quería empezar sus vacaciones sola? No. Lo había hecho otras veces, y no había sido un problema. Aún así, había algo en ese plan que no le cerraba. Algo le decía que no era una buena idea. Algo.
Pero Rodrigo estaba tan entusiasmado con la posibilidad de pescar a la encandilada con sus amigos, que la conmovió y la invitó a desestimar su intuición.
“Nos encontramos allá de nochecita” le dijo abrazándola al despedirse “Me esperás con una picadita y una cerveza” agregó intentando seducirla con la propuesta.

Así que allí estaba Juliana.
La picada intacta sobre la mesa.
La cerveza en el freezer.
Allí estaba Juliana acompañada sólo de su mal presagio.
Ocho y media. Nueve.
No se sorprendió de que pasara la hora y no llegaran. En el fondo, ya lo sabía.
Llamó repetidas veces al celular de Rodrigo. Nada.
No tenía a quien recurrir. Nadie en kilómetros a la redonda de esa playa desierta. Y encima año nuevo.
Nueve y media. Diez.
Los minutos caían con cuenta gotas
Un vaso con whisky al que se acercaba y del que se alejaba, era su única referencia.
Pasadas las once recibió en su celular la llamada del hospital. La estaba esperando.
“¿La señora de Mendizábal?”preguntó una voz esterilizada del otro lado del teléfono.

Lo que esa voz dijo, no quedó registrado en la conciencia de Juliana. Como algo automático, el nombre del hospital y el número de habitación pasaron directamente a su mano, que lo apuntó en una de las servilletas que estaban en la mesa.
Ya tenía todo listo: el bolso, las llaves del auto, un abrigo. Bebió el medio vaso de whisky que aun quedaba y salió.

La madre

Le tenía miedo. No lo sabía, pero le temía mucho.
Bueno, en realidad si lo sabía, pero lo sabía como se sabe con el cuerpo, aunque jamás hubiera podido decir: “le tengo miedo”.

Le temía porque no se parecía a ninguna de las otras mamás.
Le temía porque ante cualquier cosa que Soledad dijera, su madre le dirigía una mirada fulminante de reprobación, aún las veces en que luego de esa mirada pronunciara frases como “si, mi amor”, o “como vos prefieras”.

Le temía más que por lo que hacía, por aquellas cosas que nunca había hecho: jamás una caricia sobre su cabeza, ni una sonrisa al verla jugar, ni una mirada de preocupación al verla trepada en lo alto del pino del fondo.

Le temía porque en los once años de convivir con ella, no había dado ningún indicio de qué era lo que esperaba de Soledad. Aunque si era claro, por la minuciosidad con que la observaba, que algo esperaba. Algo que ella nunca adivinaba, algo que ella nunca podía hacer.
Era esa inmensa expectativa colgada en los ojos de su madre lo que Soledad más temía. Esa intraducible expectativa.

Carta de amor desde un edificio en llamas

Carta de amor desde un edificio en llamas

Ojalá el fuego no se lleve estas palabras.
Hace segundos acepté que probablemente no vuelva a verte y descubrí aterrada la cantidad de cosas que tenía para decirte.
No lo sabía. Te juro que no sabía que guardaba silencio.

Solo cuando el humo tapó casi por completo lo que veían mis ojos, pude divisar que hacía tiempo había dejado de cuidar el pequeño mundito que hace años habíamos empezado a construir.
La maldita excusa del trabajo. Del progreso. El sacrificio para estar mejor.
Y ahora acá, encerrada en esta oficina de mierda, me importan un carajo las vacaciones en Venecia, la pileta de la casa de Pilar, y el lavavajillas.
Ahora devolvería cada uno de esos inútiles objetos y pediría a cambio una noche.
Una noche silenciosa, que me permita volver a oír las incomprensibles palabras que se te escapan entre sueños. Una noche para quejarme de cómo me destapás. Una noche para que me abraces dormido con esa decisión que jamás tenés cuando estás despierto.
Una noche...

otras cosas de ayer

Refugio (al Rayo)

En tu abrigo
de humor clandestino
sin prisas, sin ruidos
me puedo ocultar

Como un rito
que invento, que es nuestro
cambiamos el mundo
de un trago nomás

Esta orilla
tan lejos, tan cerca
su arena me alienta
a soñar algo más

Con silencios
mojados de río
despierto, despego
y el tiempo echa a andar

Palabras eclipsadas

heladas páginas en blanco
me acusan
de sólo latir

apenas puedo
hundir más silencios
en el muro
pálido
que me aguarda
colmado de palabras eclipsadas

enmudecen mis manos
amarradas al aroma
de tu ausencia

y espero
callando a gritos
un día
más

taller celta bar (4)

Prupuesta: Escribir a partir de una noticia del diario: alumnos de secundario se escapan en una feria de ciencias.

“Que pendejos hijos de puta. Los odio. Los odio con todo mi ser”
Eso pensaba Adriana Benvenuto mientras caminaba rumbo a la dirección de la escuela.
La gorda Malatrasi la había mandado llamar y seguramente la humillaría delante de todos con un sermón plagado de lugares comunes.
Se habían ido todos, todos.
El taller estaba repleto con todos los alumnos de la escuela.
Adriana había esperado ansiosa ese día. La gestión para invitar aquel ceramista peruano para dar una charla a los alumnos había sido el motor de su existencia desde hacía meses. Y lo había logrado.

Todo estaba preparado. Se suspendieron las clases y todos los cursos fueron ocupando su sitio en aquel lugar lleno de polvo de arcilla y esmaltes.

Les había pedido especialmente a sus alumnos de primero que fueran respetuosos. Conocía el nivel de bullicio habitual de esas veinte endemoniadas almas, y les hizo prometer que no interrumpirían la conferencia con sus chistes. Se lo juraron.

Todo estaba dispuesto. Adriana estaba atenta a cada detalle. El grupo de primero segunda, tan temido, se sentó tranquilamente en el fondo, bajo la ventana que da a la calle Bulnes.

Adriana los tenía de frente, para vigilarlos, y su invitado de espaldas. “Mejor imposible” se dijo imaginando posibles bromas silenciosas.

Su invitado comenzó a hablar. Adriana se sentía orgullosa. La directora por primera vez le reconocería el esfuerzo dejado en esa escuela.

Hasta que de pronto los vio. Martín abrió la ventana, detrás del armario, la miró, le sonrió, y salió. Detrás de él, Leo.
No supo que hacer, quedó congelada. Las directora no los veía desde su sitio y ella pensó que interrumpir la charla para evitar que se escaparan dos alumnos la dejaría muy mal parada.
Así que hizo silencio. Gran error.
Luego de una pausa de segundos, uno a uno, todos los alumnos de primero segunda fueron saliendo por la ventana. Incluso alguno le dedicó un simpático saludo con la mano.

El peruano seguía hablando, pero Adriana ya no escuchó nada más, hasta que los aplausos del final la despertaron. Minutos más tarde, cuando le avisaron que la directora la esperaba, supo que la pesadilla recién había empezado.

taller celta bar (3)

Imagen:
Un hombre. Un niño. El hombre tiene tomado al niño de la mano. Visten de negro. Al lado del hombre, una maleta. Están parados frente a la puerta de un hotel.

Primer propuesta: describir imagen
El niño tiene el pelo sucio y su ropa desaliñada. Mira el piso. Con su mano libre se rasca la cabeza y luego se mete un dedo en la nariz.
El hombre no mira al niño, sino que alterna su mirada entre ambas esquinas. Se oye música desde la ventana del viejo hotel, que tiene la pintura descascarada, algunas luces rojas encendidas, y un tubo de luz que titila a punto de apagarse.
Hay niebla en el aire y nadie camina por esa cuadra.
Ruidos de vidrios rotos y de gritos dentro del hotel.
El niño se sobresalta y el hombre levanta una ceja, sosteniendo con firmeza al niño y a la maleta.

Segunda propuesta: una historia
Está impaciente. Impaciente y enojado.
Nunca le dijeron que tendría que hacerse cargo durante días de ese mocoso. “Tenés que preguntar todo, Pardo”, le había dicho hace años quien lo inicio en el negocio.
Pero el Pardo nunca terminaba de aprender que el “todo” siempre incluía algún detalle que a él se le escapaba.
Lo habían llamado para que se hiciera cargo del “paquete” por unos días. Ya lo había hecho otras veces. Siempre se trataba de alguna señorita recatada o algún funcionario temeroso que se quedaban quietos ante la sola presencia de los dos metros del Pardo.
Nunca necesitó ni siquiera atarlos, así que ya acostumbraba ni llevar una soga.
Había ido a contactar a Beltrán en el sitio habitual, donde le dio las coordenadas: “Habitación 205, del hotel Lincoln. En dos días lo retiramos, no van a tardar en pagar el rescate”

Cuando entró a la habitación y vio el “paquete”, el Pardo tembló por primera vez en su vida. No debía tener más de cinco años y lo recibió con una sonrisa y una pelota en la mano.
Tres días. Tres días caminando por toda la puta habitación 205, trepándose a todo lo que estaba allí... incluido el Pardo.

taller celta bar (2)

Lo había oído en la radio. O en la tele, no estaba seguro: El agua estaba subiendo rápidamente en la ciudad. El río desbordaba.
Cuarenta centímetros, habían dicho. Cuarenta centímetros siempre le había parecido poco. ¿Cuánto eran cuarenta centímetros? ¿La altura de la mesa ratona? ¿Dos o tres escalones?
Pero ahora, cuarenta centímetros, cuarenta centímetros sobre el nivel habitual del río, cuarenta centímetros de ese fluído que siempre había sido azul y dejaría de serlo, le parecía un montón.
No quería creerlo, no quería imaginarlo y sin embargo forzosamente aparecía en su mente la imagen del zaguán de su casa inundado, con algún que otro pez colonizando su territorio.
Lo horrorizaba la idea de tener que irse del lugar en dónde había pasado toda su vida.
Así que cuando vio pasar el agua por debajo de la puerta, empalideció, quiso decir algo, pero sólo articuló algunos ecos de un tartamudeo, y cuando su mujer le tomó la mano, despertó.

taller celta bar (1)

El silencio. Malena recordaba sobre todo el silencio de aquella noche. La última. Apenas resquebrajado por algunas notas que le arrebató al cansado piano, y que sólo sirvieron para que el silencio se oyera aun más ensordecedor.
Lo miraba leer, como siempre.
Y, como siempre también, se preguntaba qué estaría pensando. Imposible creerle las incontables veces que el respondía: “Nada”.
“No se puede pensar en nada” le retrucaba ella.
Habían repetido esa escena una y otra vez. Pero esa noche, la última, Malena lo miraba leer, como tantas veces, y no le preguntó nada.
Se dirigió a su habitación, tomó su valija.
Se despidió del piano con una mirada, y partió hacia el bar.
Recién allí, respirando el bullicio y el olor del café tostado, supo que no se sumergiría en aquel silencio nunca más.

Ventanas

Aquel mago tenía su guarida llena de ventanas mágicas, que colgaba y descolgaba de una gran pared de madera, y que cambiaba según sus ganas. Una de esas ventanas estaba llena de soles, para cuando el mago se sentía feliz. Otra, apenas iluminada, dejaba pasar una brisa fresca para cuando él quería quedarse en su guarida meditando, meditando, meditando. Había una más, en la que llovía a cántaros; sólo la colgaba cuando estaba infinitamente triste y solo. Nadie sabe cuántas veces ha colgado el mago esa ventana.
Tenía además una ventana diminuta: la utilizaba para observar de cerca, sin ser visto. Es que este mago era extremadamente curioso. Y un gran observador. Cuando colgaba esta ventanita, podía ver a las personas como si estuvieran a su lado y detenerse en cada detalle. Por suerte, nuestro mago era tan, pero tan discreto, que jamás le contó a nadie nada de todo lo que observó; y hasta hay algunos desconfiados que afirman que jamás existió tal ventanita.
Pero créanme que sí, que esa ventanita estuvo allí.
La más fantástica, era una gran ventana con cielos de colores, que el mago colgaba sólo para divertirse y desconcertar a sus invitados, que ya no sabían si era de día o de noche, si estaba nublado o había sol.
Igualmente, las ventanas no eran los únicos objetos encantados en ese lugar…
El mago escondía muchos otros tesoros: viejos libros amarillísimos y llenos de secretos, coloridas esferas voladoras que podían transformarse en elefantes o en sapos, verrugas de rinoceronte, papeles que se transformaban en conejos, y un cofre lleno de palabras olvidadas. Entre sus objetos más extraños había un reloj algo particular. Aparentemente, era un reloj de arena como cualquier otro.
Pero no: Este reloj medía el tiempo del alma del mago.
Si el mago necesitaba horas, días, semanas para reflexionar sobre cómo mejorar un truco, la arena bajaba despacito, de a un granito a la vez, y podían pasar meses desde que daba vuelta el reloj hasta que toda la arena pasara de un lado al otro: Cuando el mago intentaba desentrañar el misterio para una pócima infalible contra los estornudos, la arena demoró once días en bajar. Y mientras resolvía el complejo cálculo de un sortilegio que transformara tres pequeños cubos de madera en una locomotora con dos vagones, la arena bajó en tres semanas y media.
Otras veces, pocas, la arena se deslizaba hacia arriba. Esto sucedió en momentos en los que el mago deseó fervientemente volver el tiempo atrás. Lo más frecuente, sin embargo, era que el reloj se detuviera. Incluso algunas veces quedó flotando en el aire algún granito de arena durante días y días.
Y pocas, poquísimas veces, el reloj corría a toda velocidad. Esto sucedió por ejemplo, aquella tarde en que un viejo hechicero, que odiaba profundamente a nuestro mago porque siempre le ganaba en los concursos de hechicería, realizó un conjuro para que se inundaran las casas de todos los amigos del mago.
El hechicero sabía que el mago trabajaba concentradísimo en un truco para convertir un granito de café, dos de azúcar y tres miguitas de pan, en una merienda para quince personas. Este truco, con seguridad, ganaría el primer premio del concurso anual de magia.
Los amigos del mago, alarmados, fueron llamándolo uno por uno para contarle que sus casas se inundaban lentamente. Y el mago trabajó a toda velocidad, encantando las casas de sus amigos para transformarlas en barquitos, hasta que pudiera detener con otro conjuro la constante crecida del agua.
Al día siguiente, seco el suelo, vueltos los barcos a ser casitas, el mago convidó a sus amigos con la merienda mágica. Y, como era previsible, volvió a ganar el primer premio en el concurso de hechicería.
Una vez, el reloj de nuestro mago empezó a dar vueltas solo. No terminaba de pasar la arena, que el reloj nuevamente se invertía, o giraba como un trompo, o rodaba de lado, o permanecía inclinado durante horas. Hay muchos rumores que intentan explicar qué ventana colgaba el mago en los momentos previos a que el reloj enloqueciera de esa forma, pero ninguno es lo suficientemente confiable como para que yo los distraiga con esas versiones.